sábado, 4 de febrero de 2017

Será que conviene...

Por si un día me buscas sin saber qué es lo que queda. Y viceversa

Si vas a buscarme, no pongas el punto de mira en esa persona. No recibirás de ella lo que una vez tuviste. Bueno y malo. Al menos, no todo lo que yo pude aportarte.
Si caes en el error de hacerlo, verás que es demasiado frustrante ser ciego ante otras virtudes, por querer encontrar los antiguos patrones que, tiempo atrás, nos hicieron algo más que felices.
Así que si vas a buscarme, no es en ella donde me encontrarás.
Si vas a buscarme, si la decisión que has tomado es mantener lo poco, o lo mucho (el agua no cala igual para todo el mundo) que quede de mi en tu vida… No lo pierdas husmeando en vidas ajenas. Nadie debería cargar con la culpa de no ser alguien que no es.


Busca mis gestos, mis caricias, virtudes y buenas costumbres en Ti. Busca y rebusca. Mi risa rompiendo la barrera del sonido a más de 65 decibelios, registrada en la banda sonora que ponía un toque de optimismo a tus mañanas. Explora mentalmente el mapa emocional donde están mis intentos de arrojar luz en tus temores. Examina cada parte de tu cuerpo hasta encontrar los 10 puntos gatillo. Son zonas muy localizadas, en tejidos musculares, marcadas por el roce que los demás nos hacen. Palparlas,  es  como apretar el botón que dispara los escalofríos que tu piel recuerda de mis muestras de cariño. Constituyen el molde de los abrazos que nos dimos.

Busca todas las piezas, hasta encajar los bordes de tu puzzle existencial. Resuelve tus incógnitas personales y haz el esfuerzo de mantenerlas al margen de la historia que ahora comiences. Si por destino o casualidad, te falta la pieza que solo una madre encontraría, pide ayuda. 
No todo aquel que deambula está perdido. 
Pregúntate a ti mismo, al cielo, al mar o a quien sea que pueda darte la respuesta, en forma de aquella pieza que te faltó. Cachea a tu sombra de arriba abajo y a la adversa. Busca en ella mis errores, mis fallos malintencionados y la habilidad especial de arruinarlo en el mejor momento. Que todos somos humanos y ese es uno de los puntos que las personas tenemos en común:                              
 Equivocarnos


No los tiñas con el filtro del reproche, si algo es cierto es que las erratas que cometemos no pueden ser peores, pero en su día se hicieron creyendo en la que fuese la mejor de las opciones. 
Déjalos como daños colaterales
Los tropiezos son lecciones que aprendemos, por permitir que el ritmo de nuestros pasos lo marque el pie del que cojeamos. Cada cual sabe cuál es su talón de Aquiles. Lo verdaderamente importante, es tener la certeza de que dimos el máximo en algunos tramos del camino. Y todo se pudo.


Búscame en tu interior. Tan profundo como ésta frase. La persona en la que nos convertimos se lo debemos a los matices que los demás nos dejan. Gracias a los valores y creencias a las que nos acercan, poco a poco nos transformamos en quien somos realmente. Por eso, búscame en la persona que eres ahora, porque a pesar de la distancia en el espacio y en el tiempo, es ahí donde se encuentra el lugar donde una vez fuimos
Así, sin más explicaciones que la que queda entre dos que se quieren de veras.

El afecto es uno de los pocos frutos en esta vida, que si se ha cultivado bien, nunca se pierde. Cambian las formas en las que se manifiesta. Y la manera en que lo haga, ten por seguro que será que conviene

domingo, 25 de diciembre de 2016

Lo bueno de los años

Los años marcan, unos más que otros, igual que las personas, no todos dejan la misma huella en su paso por nuestro camino. Los más intensos llegan envolviéndonos en un halo de entusiasmo y determinación, los menos placenteros simplemente pasan, y ya está. Intentan no causar demasiado alboroto, no pisar demasiado fuerte para "no hacer daño", para no calar demasiado hondo.
Unos tanto y otros tan poco. El ying & el yang.

Pretender cruzar tu sendero sin dejar pista alguna, es como dejarte sin nada. Ellos mismos nos demuestran que allá por donde pases, lo hagas dejando tu estela. Que los mejores son los que dejan una señal tan profunda que a pesar del tiempo, se hace imborrableLas vueltas que damos con los años deberían dejar algo más que un simple rastro. 
Que la vida da muchas vueltas, pero qué vida dan las vueltas. 


Los años enseñan que quien no tiene cabeza tiene que tener piernas, para correr detrás de las oportunidades que un día dejamos escapar. La miel en los labios y nosotros con un empacho de desengaños. Si los años no perdonan tal vez ya seamos lo suficientemente mayorcitos para saber lo que (nos) hacemos. Que no existe la edad adecuada para perdonarse a uno mismo y aunque no lo parezca las emociones también envejecen. Quien era alguien importante se convierte en un extraño, y un completo desconocido puede ganarse un hueco especial en menos de lo que canta un gallo.


Los años pasan y pesan. Lo importante es que cada año nuevo compense con aquellos más livianos, que cada año que viene no pase desapercibido. Que rompas la balanza a favor de tus bolsillos con la riqueza de tus sueños. Que te pese decir la edad que tienes porque es casi incontable el número de personas a las que estás sumamente agradecido.
Los años te harán padre y comerás huevos. Recordarás los días en los que deseabas con todas tus fuerzas lo que ahora tienes. Verás conquistados rincones del mundo que no conocías dejando ahí una parte de ti y llevándote una experiencia de vuelta. Los años te obligan a aprender el idioma de la vida:
  Sin reglas y muchas excepciones.


Contra todo pronóstico, acabarás dominándolo. Escucharás el ruido que hace quien se marcha sin querer ser visto e interpretarás el silencio de los ojos que hablan por si solos. Escucharás a muchas bocas contar cuáles son sus mejores intenciones pero de pocas interpretarás lo mismo de sus gestos. Los acentos más marcados serán duros de roer y te darás cuenta que sólo vale el esfuerzo que muestra quien está interesado en entenderte. 

Y por último y más importante,  el tiempo nos otorga el coraje. La valentía de afrontar las preguntas que hemos estado evitando la mayor parte del tiempo. Un apuesto por ti bien dicho, como siempre me han enseñado: alto y claro. Las agallas de ir con todo, a cuerpo descubierto, a una carta, la tuya. Tener la intrepidez que al mundo le falta para jugártelo todo, hasta las dudas, por aquello en lo que crees, material o personal, aunque seas tú el único alocado que realmente piensa que merece la pena. 
Es lo bueno de los años, que uno puede creer ya en lo que le de la gana.